Hace un mes estuve en París cinco días de vacaciones y me enamoré, pudo ser por mis impulsos incontrolables hacia todo lo que me descoloca por no estar acostumbrado a ver, puede ser porque lo que siempre he soñado se materializa en una sociedad sosa y austera pero avanzada. También puede ser, y es por lo que más me decanto, por que he vivido durante cinco días inmerso en un libro de arquitectura moderna y en varias revistas de arquitectura contemporánea.
Ha sido todo sorprendente, no asimilo muy bien donde he estado o si ha sido una realidad alternativa a mis noches de evasión nocturna, en el momento en le que se pone un pie en París se descubre que Europa empieza en los Pirineos, no sólo por los alardes tecnológicos sino por la mentalidad abierta y relajada que parece caracterizar a la población parisina, pero no voy a centrar el artículo en un estudio sociológico del francés medio o en la calidad y cantidad de los ingenieros que por allí proliferan, que realmente ni me importaba antes de ir ni me importa ahora; cuando menciono el avance tecnológico y la mentalidad abierta me refiero a la capacidad para absorber y asimilar como propias grandes intervenciones urbanísticas que han necesitado de construcciones megalómanas y de destrucciones masivas en la ciudad “histórica”.
Que a los parisinos no les importe el color, la religión o la entidad sexual del que viaja junto a ellos en el metro, para mi no tiene importancia (o por lo menos todavía no), porque no es mi intención, en un futuro cercano, vivir en París y tener que lidiar con esa maraña de patriotas exaltados y de republicanos monárquicos, porque lo que verdaderamente admiro de esa ciudad es el nivel de regeneración que la ha caracterizado a lo largo de los siglos.
Todo el mundo ha escuchado maravillas de París: la capital del amor, la ciudad de la luz, donde se respira un aire melancólico a historia y a romanticismo y donde el sol brilla con una luz especial creando una niebla homogénea y brillante que te adormece y te hace ver la ciudad con un encanto especial, como puliendo los fallos e imperfecciones que al artista de turno se le pudieron pasar en su momento, parece que todo ha estado así desde siempre, que se ha creado con esa forma y para ese fin, pero no es así, París se ha visto envuelta una y otra vez en profundas remodelaciones que han acabado con su traza original en múltiples ocasiones; reyes, y príncipes han destruido la ciudad para dejar su marca en ellas para la posteridad, pero ninguno lo consiguió o por lo menos con la intensidad con la que se lo propusieron. París ha sido la materialización de la mítica historia del Ave Fénix.
Una ciudad que se merece ser admirada por que se ha remodelado, se ha reconvertido y ha salido airosa del empeño de algunos en convertirla en su feudo particular, una ciudad que no se ha resignado a subyugarse a una época o un estilo concreto, ha sabido avanzar y regenerarse. Lo que permite ver la grandeza de una ciudad y de la gente que ha vivido en ella es su sinceridad para contar la historia. Las épocas que ha vivido no son intermitentes, ni se ocultan, todos hemos aprendido que la historia no es lineal, y que la contemporaneidad no existía hace 200 años. Las ciudades se empeñan en ocultar épocas, etapas y transiciones de las que sienten vergüenza. No hay que avergonzarse de la historia, sólo hay que recordarla y no traerla al presente. Los neos y post están haciendo mucho daño a la arquitectura del nuestra época porque no reflejan lo que somos, sólo lo que queremos ser.
Si París ha traspasado al barrera de ciudad capital para convertirse en ciudad global, sin aferrarse a una época, sin convertirse en un parque temático donde un batiburrillo de estilos pretenden dar una estructura artística forzada y artificial a algo tan espontáneo y humano como la propia ciudad, ¿porque existen todavía núcleos poblacionales donde se pretenden definir estilos folclóricos y apoltronados en el pasado? ¿Por el turismo, quizás? Creo recordar que uno de los principales ingresos de París es el turismo, un turismo que vuelve porque la ciudad está en continuo desarrollo, un turismo que no se conforma con ver un muro de piedra mal formado y descascarillado, un turista crítico y que volverá a la ciudad que le ha enamorado. El turista que vuelve a París lo hace porque además de ver quiere vivir.
Lo confieso, no subí a la torre Eiffel pero no me arrepiento porque sé que aún me quedan muchas cosas por vivir allí.
Ha sido como si hubiese visto reflejados en la pantalla del ordenador mis pensamientos sobre París, salvo que escritas por unas manos que no son las mías. Realmente es una ciudad que transmite infinidad de sensaciones... la igualdad, el cosmopolitismo, los avances tecnológicos conviven con un pasado al que la ciudad no se empeña en aferrarse con uñas y dientes... Esto me hace pensar (quizás porque ya es tarde y estoy cansado o porque hecho de menos París) que las ciudades son como las personas: en constante cambio, en ellas van dejando huellas pensamientos y comportamientos pasados, unos mejores, otros peores, pero que al fin y al cabo dan cáracter. En definitiva, somos un pasado y un presente conviviendo en un ser, lo que pasa con una ciudad. Si nos quedamos con una parcela de lo que fuimos no podremos seguir progresando; progreso que deberíamos afrontar aceptando por lo todo lo que hemos pasado, viviendo el presente y preparándonos para el futuro... París es pues una ciudad humana, más bien una señora mayor, sabia, que ha vivido y sentido mucho, ¡pero con espíritu joven!
"Niño, ¿de mayor qué te gustaría ser?"
"París".
Me parece una reflexión poética y cierta, y no ha podido tener un mejor broche mi articulo, que tu comentario, es un honor que alguien como tú, pueda rematar tan bien, repito, tan bien, lo que pretendía transmitir.
Me ha encantado tu metáfora, yo de mayor no se si seré París, pero la ciudad donde viva será reflejo de lo que soy.
Me ha encantado ver esta reflexión porque me ayudará en mi futura visita a la ciudad. Espero sentir lo mismo que sentistes tú al visitarla, con mejores resultados, ya que voy sobreinformado antes por tu artículo.
Que las ciudades se averguenzan de épocas y exaltan mucho otras, es una realidad, y que las ciudades se construyen sobre las cenizas de las anteriores, es la linealidad que hay que seguir, no dar saltos en las épocas e inventarnos neo-estilos y post-estilos, ahí coincido totalmente.
Un saludo